Uno de los motivos de mayor peso que hizo que mi voto en las recientes elecciones se inclinara por Meretz, fue la promesa electoral de que no formaría parte de ninguna coalición electoral encabezada por Biniamín Netanyahu. Si alguien menciona a Bibi, mi primera asociación, instintiva e inmediata, es aquella manifestación que precedió al asesinato de Rabin, Bibi en el balcón a lo Eva Perón, aclamado con una muchedumbre entre la que sobresalen los carteles con la imagen de Rabin vestido con el uniforme de Himmler. Si dejo que mi mente continúe por el camino de la libre asociación, me acuerdo de Netanyahu autoproclamándose como el verdadero heredero de Ariel Sharón, apenas después que Sharón cayó en coma, cuando casi todo el pueblo le rendía sus respetos a causa de su convalecencia y su popularidad alcanzaba un nuevo clímax. Un acto de cinismo realmente asombroso, viniendo de quien semanas antes le había hecho la vida política imposible, hasta empujarlo a escindirse del Likud. No sigo, supongo que esos dos ejemplos alcanzan para que el lector se haga una idea de la profunda y arraigada antipatía que me despierta nuestro Primer Ministro entrante.
Y sin embargo, hasta hace pocas semanas estaba convencido de que ni siquiera Netanyahu puede ser peor que Ehud Ólmert. Ólmert fue, en mi opinión, el segundo peor primer ministro de la historia de Israel (la peor fue Golda Meir, pero ése es otro tema). Admito que yo lo voté, pero lo hice cuando proponía su "plan de convergencia" (Tojnit Haitkansut), una retirada parcial de Cisjordania, similar a la retirada que Sharón llevó a cabo en Gaza. No lo culpo por no haberlo puesto en práctica, entiendo que la realidad cambió y el plan se tornó inviable. Pero sí lo veo como el responsable número uno de los desastres de la Segunda Guerra del Líbano y de la Operación Plomo Fundido. Nunca antes, un Primer Ministro israelí habló tan abierta y claramente de las concesiones necesarias para alcanzar una solución al conflicto con los palestinos, virtualmente llegó más lejos que nadie, con acuerdos imaginarios como el de Anápolis. Sobre el terreno, por el contrario, lanzó dos guerras en espacio de tres años. Ni que hablar de la corrupción, único legado de Sharón que logró promover, hasta institucionalizarla a un nivel sin precedentes.
El primer gran error de la cadencia de Ólmert fue el nombramiento de Amir Peretz como Ministro de Defensa, hoy en día nadie duda que se trató de un error garrafal que tenía que haberse evitado, a pesar de las enormes dificultades que eso hubiera conllevado para Ólmert a la hora de formar la coalición de gobierno. Netanyahu, anuncia que va a cometer el mismo tipo de error, elevado al cuadrado. Aceptar a un político que se está volviendo mundialmente famoso por sus consignas racistas, a la persona que mandó al demonio al presidente de Egipto, así con esas mismas palabras, como el diplomático número uno, es tan absurdo que sería chistoso si no estuviera ocurriendo de verdad.
Amir Peretz al menos estaba rodeado de otra gente experimentada encargada del ejército y de los servicios de seguridad. Fue una desgraciada coincidencia que Dan Jalutz también haya resultado negligente, pero que yo sepa, eso nadie se lo esperaba. En cambio el desastre que va causar Avigdor Lieberman al frente del Ministerio de Exteriores es tan predecible e inminente que da miedo. En este caso no cambia quién lo acompañe o lo asesore, se trata de un cargo representativo, el mero hecho que él sea quien lo ocupe ya daña las relaciones de Israel con europa y el mundo árabe en forma instantánea. En cada visita oficial que haga a otro país (allí donde acepten recibirlo), la prensa del mismo, como corresponde, va realtar las perlitas que han salido de la boca de este gran señor a lo largo de su carrera. En estos casos, aún cuando siga siendo inujsta, no estaremos en condiciones de protestar por la imagen desvirtuada que los medios extranjeros van a dar de Israel. Nosotros mismos hemos elegido esa imagen de extremista para que nos represente, le hemos puesto nombre y apellido.
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